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Entrada XI. ¿Lo haría para motivarme?

Le miré entre aturdido y sorprendido, convencido de que algo pasaba que se me escapaba. Por lo que recuerdo, Antonio pasaba por ser el mentor del Juez Goñi durante muchos años de su carrera dentro de la judicatura pero, desde su retirada, se habían distanciado bastante según comentaba el propio Juan. Quizá para Antonio llegaba el tiempo de la venganza y la ocasión parecía propicia si es que él sabía algo de lo del 93.
Podía poner sobre aviso a Juan pero preferí no hacerlo pues no quería hacer de momento ningún movimiento extraño, la normalidad iba a ser mi regla ya que si los vientos soplan fuertes hay que hacer lo mismo que siempre pero sin intentar cosas extravagantes; recordar lo básico y moverse con prudencia. Algo me iba inflando por dentro y lo estaba notando.
Me acerqué a la mesa de Edy y le ordené coger su placa y su pistola, e hice lo mismo con Nené y con Michel. Los rostros de la gente del Departamento se mostraban estupefactos y la irónica escena de ver un grupo tan heterogéneo se podía apreciar en sus miradas. Hacía más de veinte años que yo no salía de allí con más de una persona por compañía, y en cierto modo me mostré en el gesto algo misógino - cosa que no soy -, pero así actué a sus ojos pues algún papel hay que representar en este teatrillo cruel que es la vida.
Tan sorprendente era el equipo que había formado el Jefe utilizándome como escusa que mi semblante serio, contrariado y aturdido era la señal evidente de que más que un equipo parecía llevar una carga sobre mis espaldas. Una especie de pareja de viejos polis que se lleva a los niños al jardín de juegos.
Recogimos las llaves de un par de coches, nos llevamos un BMW 320i y un Mercedes SLK procedentes de alguna requisa por contrabando, recuerdo que les dije a los tres: ”si nos encabronan, al menos que lo hagan con clase.” Lo dije conscientemente para que pensaran que teníamos las manos libres, cosa que en un cuerpo de policía cuando eres joven - como eran dos de los chicos -, sonaba a gloria bendita hartos de hacer informes y pasar horas sobre un archivo leyendo un caso tras otro.
Ninguno de ellos se había salido de las normas más estrictas establecidas hasta esa fecha, dejando a salvo a Nené, que había rondado por el precipicio de lo ilícito varias veces en su vida. Recuerdo el caso en que fingió poner la pistola a un noruego “hijodeputa” por el mismo ojete para que cantara...; madre mía si cantó, largó hasta en gregoriano las misas de vísperas, pero aquel... era un tipo de cuidado.
Ahora podían aprender a ser policías de verdad, cuando descubrir a un asesino requiere saltarse determinadas normas, incluso la puta ley de la gravedad si es preciso; ¡eso es ser policía!, tener claro quién es el tipo y meterlo en la cárcel sí o sí, si el delito es grave. No soy de contar recuerdos – me hacen parecer mayor -, pero me gustaría saber qué harían los leguleyos de tres al cuarto que llenan los despachos de Madrid para solucionar el "asuntillo" aquel de cuando me lanzaron de un tercer piso y me partí la pierna con fractura limpia... y el resto como si nada. Seguro que andarían buscando en algún legajo el protocolo de actuación.

Sin ninguna duda, Alonso me había cabreado. Y yo tenía una pistola que sabía emplear para saber la verdad... ¿Lo haría queriendo para motivarme?

Imagen de www.zonanegativa.com

Continuará



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