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Entrada XIV - El olfato de un viejo sabueso

Intenté poner en orden mis ideas y, de paso, las de todos los demás pero nadie entendía la razón por la que Ana estaba presente entre nosotros ya que era superior en cargo a cualquiera de los que allí nos encontrábamos y no pertenecía a nuestra Unidad, hubiera sido preciso llamar a Antúnez para que se personara en el lugar del crimen pues él era el Inspector Jefe de nuestra Unidad. Por esta razón, Juan Goñi intentó aclararse de forma inminente.
  • Ana se encuentra aquí convocada por mí, por su demostrada capacidad en el análisis de crímenes de esta naturaleza y ante la posibilidad de que estuviera involucrada alguna célula u organización de la que pudiera dar alguna explicación la Unidad de la que es responsable. - Juan Goñi quería protegerse ante otro revés como el que teníamos frente a nosotros, mi presencia en el caso no parecía bastarle.
Ana empezó a realizar preguntas rutinarias un poco sofocada después de la mentira del juez, una maniobra burda que la dejaba de maestro de la plaza a la vista de todos haciendo, el veterano juez, de sobresaliente de la faena.
  • En realidad tengo poco que aportar al caso, estoy tan sorprendida como todos vosotros. De hecho no salgo de mi asombro. - El tono y la mirada cruzada hacia el Juez dejaba en evidencia que el cambio de tercio resultaba artificial y peligroso pues ese no era su morlaco. - La primera cuestión que debemos resolver es obtener su identificación, la documentación que aparece en sus bolsillos es la del Juez Antonio Vera pero, aunque la ropa que lleva es suya, es evidente que no es el juez a quien todos conocemos y respetamos. El que lo ha matado sabe del modus operandi del asesino y, al parecer, le ha imitado pues la descripción de este hombre coincide con el de Juan Bravo a tenor de las investigaciones. Quien haya cometido el crimen da la sensación de querer implicar a Antonio Vera, ¿puede ser esto Juan?, tú le conoces bien pero a mi me parece tan improbable...
  • Es posible que quiera implicarlo, pero, hasta donde yo recuerdo Antonio es incapaz de hacer daño a nadie; incluso dejó de imponer penas duras a partir de una cierta edad. Entre el mundillo siempre ha tenido fama de blando..., ya me entendéis; ninguno de vosotros quería entenderse con él cuando el criminal era un tipo peligroso. Quizá por eso, todos nos fuimos apartando poco a poco de él, dejó de ser lo duro que debemos ser al aplicar justicia ante tipos que son capaces de hacer cosas como esta. Desde luego algo debe de saber él de todo esto a tenor de lo que vemos aquí. Pero...
  • Para que tengamos algún dato... - Interrumpió Alonso algo inquieto por el curso personal que estaba tomando el discurso de Juan; Ana y él estaban más nerviosos de lo habitual, y era normal pues lo que había sucedido allí afectaba a un Juez de prestigio. Alonso demostró el temple que les había faltado a Goñi y a Allen. -...debo decir que las huellas y la imagen de este individuo no están archivadas en la policía, estamos investigando en los archivos de la Guardia Civil y del CNI a ver si allí lo tienen registrado; pero este asunto se complica porque la persona que considerábamos el principal sospechoso del asesinato de Idoya está muerto delante de nosotros..., y asesinado de la misma manera que él asesinó a Idoya.
  • Me parece que estamos olvidado la principal cuestión aquí y ahora: ¿donde está Antonio Vera? - interrumpí con carácter y determinación para orientar la investigación policial hacia donde se debía. - No contesta al móvil y nos advirtió de que estaría aquí en cinco minutos desde la llamada que hicimos en la Central, parece que nadie cree capaz al viejo juez de hacer esto de esta manera. Por eso lo esencial es encontrarlo.
  • Así es – Sentenció Alonso – Eso es lo primero que tenemos que hacer. - Ordenó a Nené y Michel que hicieran por organizar su busca y captura y seguí con el relato.
  • Esta especie de ritual parece inconcebible imputárselo a Antonio, es cierto, - Todos me miraban con la atención que merecía por mi experiencia en los turbios asuntos de esta ciudad, - pero aunque sólo sea para descartarlo debemos enfocar hacia él todas las sospechas y que sea él quien argumente lo que tenga que argumentar en su descargo. A un hombre afable como él le es imposible hacer esto, mas si añadimos que un anciano es incapaz de aplicar semejante castigo a un mastodonte como este; por todo lo demás, nuestra obligación es no descartar nada ya que hemos visto cosas peores.
Después de dejar al equipo de la Policía Científica analizando la escena del crimen – del segundo crimen similar en dos días consecutivos - decidimos ir a la Central tras un rápido almuerzo. Alonso, Ana y Juan nos dejaron, pero antes de irse Ana se acercó a mí para recomponer, de alguna manera, los lazos rotos que parecía necesario arreglar pues la carrera de ambos estaba marcada por aquel caso del 93.
  • Confiamos todos en tí. – Me dijo al oído antes de besarme con un afecto improbable hacía unas horas, parecía realmente preocupada.
La tarde concluyó entre informes y peritajes, sesudos análisis y conversaciones dentro de los distintos despachos: primero en el de un tenso Antúnez, luego en el de Alonso y por último en el mío propio con todo mi renovado equipo. La sensación de vulnerabilidad recorría la Unidad y la incertidumbre que deja tras de sí la pista que desaparece rondaba en el espíritu del Cuerpo de la Dirección General de la Policía, el caso parecía escapársenos de las manos, dos crímenes de carácter ritual en dos días eran mucho y las señales que apuntaban hacia un desaparecido Juez, también.
Harto del desconocimiento e inseguridad de la situación, pasé por la casa del viejo juez tras despedirme de la gente y antes de retirarme a mi propia casa. Salté el precinto policial de manera que nadie lo supiera, me puse unos guantes de látex y empecé a buscar alguna cosa, alguna pista que me ayudara a comprender lo que estaba pasando.
Tras una larga media hora buscando entre las muchos objetos que había en el despacho, justo debajo de la mesa del escritorio, parecía haber encontrado algo. Me agaché apoyándome en la rodilla derecha e intenté coger aquello, no era más que una mota de polvo, un diente de león de esas que soplábamos de pequeños para ver si volaba hacia arriba o caía irremisiblemente al suelo tras pedir un deseo que jamás recordaríamos si se había cumplido o no.
La sola idea de que la mota de polvo volase hacia arriba era sinónimo de éxito, una idea que me retrotrajo a la inocencia más primigenia de la infancia donde todo es magia. Me sonreí y agachado soplé pidiendo el deseo de encontrar alguna pista, la mota de polvo voló hacia arriba y golpeó en el techo. Con la misma sonrisa de cuando era un niño me levanté y apoyándome en la pata del escritorio me aupé desplazando el mueble hacia la pared que golpeó. Al desplazarse salió desde debajo de la cajonera una cadena de la que colgaba una medalla que ponía I.T.M y una pequeña llave. Decidí volver a casa para descansar y dar cuenta al día siguiente del hallazgo de lo que parecía ser la cadena del muerto. La llave parecía tener unas letras impresas que no apreciaba con la tenue luz de mi linterna.
Había ido a la casa del juez como un niño que escapa de las normas cuando todo parece absurdo e irreal, había ido para convencerme realmente de que era cierto todo lo que estaba sucediendo, y como un joven tramposo había rebuscado en procura de alguna prueba; en ese afán licencioso del "gambler", del jugador que lo arriesga todo por una buena mano había pedido un deseo infantil en una improbable mota de polvo, un deseo que parecía abrir una misteriosa puerta. Había arriesgado y tenía juego, no sabía hasta dónde alcanzaba la mano que se me había repartido, pero había juego que jugar al día siguiente porque el olfato de un viejo sabueso nunca falla.

Convencido de la dura realidad, me retiré a descansar con la fortuna de recuperar parte de la inocencia infantil al observar la directa relación que tiene la trayectoria de una mota de polvo con el juego de póquer que es la vida



Fin del Capítulo I

Continuará...

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